Todo está en un dispositivo móvil: los contactos, recordatorios de cumpleaños o los nombres de las calles. Ya no tenemos que recordar tanto, pero ¿eso es bueno? Hablamos con expertos para entenderlo.

Los especialistas Federico Bermúdez-Rattoni y Guillermo Peñaloza coinciden en que la memoria no está desapareciendo, sino evolucionando. La tecnología, lejos de atrofiarla, nos permite redistribuir nuestro esfuerzo mental en otras áreas. Por ejemplo, si antes memorizábamos números telefónicos, ahora utilizamos dispositivos para almacenarlos y podemos enfocarnos en tareas cognitivas más complejas.
Sin embargo, la atención juega un papel clave en la memoria. La multitarea, el estrés y la distracción pueden afectar nuestra capacidad de recordar. Si no prestamos atención desde el inicio, es probable que no registremos la información correctamente, lo que genera la percepción de una crisis de memoria colectiva.
Otro aspecto interesante es el impacto de la tecnología en la memoria espacial. Dependiendo constantemente del GPS, dejamos de usar los mapas mentales que activan el hipocampo, una zona clave del cerebro relacionada con el Alzheimer. Estudios han encontrado tasas más bajas de esta enfermedad en conductores de taxis y ambulancias, quienes ejercitan la memoria espacial con frecuencia.
Afortunadamente, la memoria se puede entrenar. Leer, aprender idiomas, resolver acertijos, jugar ajedrez o simplemente socializar son excelentes ejercicios para mantener una mente ágil. Además, una buena alimentación, descanso adecuado y estabilidad emocional son fundamentales para su buen funcionamiento.
Más que una villana o una salvadora, la tecnología es una herramienta. Lo importante es cómo la usamos y qué hábitos desarrollamos para mantener nuestra capacidad cognitiva. Si logramos un equilibrio entre aprovechar sus beneficios sin desconectarnos del mundo real, podemos potenciar nuestra memoria de manera efectiva.